Harry Potter

 

Hoy me centraré en el intento de elaborar una síntesis a partir de los hechos y reflexiones expuestas en los capítulos anteriores.

Les recuerdo que me baso en las 7 primeras novelas y no en el desarrollo posterior de la historia mediante entrevistas, publicaciones de web, nuevos libros y películas.

Para comenzar podríamos afirmar que Harry Potter no es un héroe. Por una parte, el amor, que profesa, no es propio, sino que le fue heredado por su madre. Y su coraje, por otra parte, tampoco es propio, sino que emanó de la ejecución de lo que Dumbledore tenía previsto para él.

Más que un héroe, por lo tanto, es un obediente. Y obediencia se encuentra aún dentro del nivel del discipulado, vale decir es un estadio anterior a la maestría.

Un héroe no puede tener aún maestros o personas que les den instrucciones. Un héroe hecho y derecho, se ha liberado de los maestros, sigue ideales, se sigue a sí mismo.

Entiendo que todo lo que digo es cuestionable.

Solo defiendo y expongo una manera posible de interpretar la saga de Potter.

Este sería entonces mi juicio en relación a Potter.

Por lo tanto, para mí el héroe es más bien Dumbledore, el iceberg, como lo retraté en el tercer capítulo.

A mi modo de ver la unilateralidad de la saga Potter es que en ella se sataniza, mediante una serie de descripciones escalofriantes y espeluznantes a las dos fuerzas antagonistas: la de reunificar ambos mundos y la de unificar al mundo mágico.


¿Qué hay detrás de ambas ideas?

Superar la división de ambos mundos, que fue la que vimos en el segundo capítulo, así como superar la división de las casas de Hogwarts y la enemistad entre sus fundadores, las cuales vimos, en el primer capítulo.

La unilateralidad de la saga Potter, a mi parecer, es la de presentar una historia donde a través de estos disfraces aborrecibles, son tratados estos ideales, que, por su naturaleza, sí considero justificados.

Pero algunos de ustedes podrán pensar: pero cómo, ¿este tipo está diciendo que la sangre pura es un ideal?

No, por supuesto que no. Pero lo que para nada me parece perverso, es el deseo, la intensión de reunificar a los magos, de lograr la unidad, de superar la división dada por los antagonismos en el mundo mágico.

Por supuesto que estoy en contra de la forma en que Voldemort y Grindelwald, se propusieron superarlos, mediante la eliminación o la dominación sobre los antagonismos, a través de la violencia y el terror.

Pero soy partidario del ideal de la unión, al igual como lo canta el sombrero seleccionador en su canción. Por lo tanto, los ideales que Dumbledore deja de considerar son: la reunificación de los mundos, la superación de las divisiones entre las casas, la unificación del mundo mágico bajo una cosmovisión, y los dos que vimos en el capítulo anterior: el anhelo por la inmortalidad y por la riqueza.

Estos son los cinco tabúes de Dumbledore.

Pero Dumbledore tampoco es un héroe muy original. Así como Potter es un ejecutor de los ideales de Dumbledore, éste es a su vez el de una entidad superior.

¿Quién es entonces el promotor de la persecución de estos tabúes a través de los siglos? ¿Quién es la mano invisible que hay detrás? Esto no es muy fácil de responder.


Por de pronto les invitó a que refresquemos la vida de Dumbledore, para ver si ahí encontramos alguna pista, tal como lo vimos en el capítulo tres.

A Dumbledore se le describe como un alumno brillante, que egresó de Hogwarts gloriosamente. Recordemos lo que él mismo dice de sí mismo: «Tenía talento y era brillante».1 Además en el libro “Vidas y Mentiras de Dumbledore”, escrito por Rita Skeeter, podemos leer lo siguiente:

Cuando estaba a punto de cumplir dieciocho años, Dumbledore salió de Hogwarts cubierto de gloria: Premio Anual, prefecto, ganador del Premio Barnabus Finkley de Hechizos Excepcionales, representante de las juventudes británicas en el Wizengamot y medalla de oro por su innovadora contribución al Congreso Internacional de Alquimia de El Cairo. 2

Y uno se preguntará quién lo convenció de eso, ¿quién dijo que él era brillante? En sus palabras resuena el estilo de lo dicho por los 4 magos al fundar Hogwarts: hacer de ella la mejor escuela de magia del mundo.

Pero retomemos, ¿quién dice que él era brillante? ¿En base a qué? ¿Bajo qué criterios?

Bueno, lo que está detrás, es el gran artista del mimetismo, que como un pulpo con sus ocho brazos realiza sus trucos: el ministerio. Sí, el mismo. Y esto lo vemos con claridad cuando las cosas no ocurren como el ministerio quiere que ocurran, tal como lo vimos en el capítulo dos. También esto lo vemos con claridad cuando revisamos todos los asuntos que abarca y sus departamentos. Su nariz está por todos lados. No se mueve una hoja sin su voluntad. Y con esto basta. No se requiere darle más vueltas al asunto. Las pruebas son contundentes.

Todo en el mundo mágico es manejado por el ministerio.

Insisto, repasen el segundo capítulo de esta serie, vean todo lo que abarca. El bote, el mundo mágico, ha estado desde el día uno amarrado al muelle del ministerio.

No importa lo que se diga, no importan las explicaciones posteriores que la autora haya dado sobre la saga. Como no importa lo que diga un deportista después de haber competido.

Lo que vale es lo que ocurrió en la cancha.

Pues el mismo Lupin dice que los niños no están obligados a asistir a la escuela, que se les puede enseñar en casa, que está la posibilidad de educarlos en el extranjero, si prefieren.

Pero lo que Lupin pierde de vista es que el ministerio es el que en última instancia lo decide. Él es quien da la posibilidad o deja de darla.

Es decir, el ministerio tiene la primera y última palabra. Y no el mago o la comunidad de magos. El ministerio es el único, aunque esto pase desapercibido. Pues se les educó para no enterarse, para considerarlo como uno ministerio protector, moralmente bueno por excelencia, preocupado del bien común, que cuida de todos por igual ante amenazas internas y externas.

Y es justamente la naturaleza de ese sometimiento absoluto, pero en apariencia más o menos laxo de los magos ante el ministerio, la espada de doble filo que, en cualquier momento, puede pasar a manos de una tiranía, tal como lo que ocurrió con Voldemort.

Ante lo cual los magos quedan de manos atadas, pues lo cierto es nunca fueron soberanos, y no saben hacer otra cosa que obedecer. Fueron educados para ser siervos del ministerio.

Para dar prueba de esta basta recordar el tribunal de exámenes estandarizados, que vimos también en el capítulo dos el cual también pertenece al ministerio de la magia.

Por esto es tan difícil de descubrir los trucos del pulpo, porque justamente estamos ante un mago profesional.

El ministerio cultiva el arte de la invisibilidad y tiene a su disposición todos los medios para culpar, castigar y satanizar al antagonista de turno a través de tribunales, policías, la cárcel y el único diario, que sigue fielmente a las políticas ministeriales. Un total y completo bluf.

El ministerio a través de Hogwarts, eligió a Dumbledore como su niño prodigio, según las categorías del ministerio, sus intereses y necesidades. Le hizo a su imagen y semejanza.

Y Dumbledore, criado bajo esos preceptos, tampoco conoce otra cosa y adopta este discurso, porque tuvo la suerte de destacar, de llamar la atención y recibir halagos y diplomas por parte de profesores y autoridades del mundo mágico.

Ese es el verdadero origen de la tentación, que Dumbledore tanto se empeña por proyectar en sus antagonistas.

¿A caso alguien podría resistirse ante tantas alabanzas?


Y esta es mi síntesis: Potter es el títere de Dumbledore, como Dumbledore es una creación del ministerio a su imagen y semejanza.

Es el ministerio el que, por su razón de existir, sataniza los ideales que ponen en peligro su propia existencia y razón de ser.

Pues el ministerio no es sino un promotor y administrador de las tres divisiones que vimos en el capítulo uno y dos.

No afirmo que sean su creación. Quizás no tuvo que nada que ver en su génesis. Quizás ni siquiera existía como tal en aquel entonces. Eso da igual. Porque tarde o temprano, hizo suyo esos ideales perpetuándolos, defendiéndolos, condenando y encarcelando por ellos.

Y en lugar de enfrentar con veracidad y consistencia el problema de fondo, promovió un culto velado para promover su propia subsistencia, en donde permitía que muchas cosas fueran posibles, menos poner su existencia en cuestión, que es lo que justamente pretendieron Grindelwald y Voldemort.

Como fiel y glorioso discípulo del ministerio, Dumbledore, siguió satanizando esos ideales a través de sus clases en Hogwarts.

Como vemos, estamos girando en torno a lo que en el tercer capítulo llamé “un curioso predomino del ministerio mágico sobre las instituciones del mundo mágico” y en el cuarto: “la supremacía del ministerio”.


Y hemos al fin arribado al punto crucial.

Al meollo del asunto, de toda la saga Potter. Para desarrollarlo necesito refrescar la siguiente oración de Dumbledore:

Entretanto, a mí me ofrecieron el cargo de ministro de Magia, no una vez sino muchas. Lo rechacé, como es lógico. Me había demostrado a mí mismo que no sabía manejar el poder. 3

Y la siguiente:

Ya de muy joven había demostrado que el poder era mi debilidad y mi tentación. 4

Ambos fragmentos corresponden al cuarto elemento que identifiqué, el ministerio y en este caso la relación entre él y Dumbledore.

A buenas y primeras uno podría pasar por alto estos textos y quedarse con las apariencias. Pero si observamos más de cerca y ponemos atención en el conjunto, en esto, que al parecer fue dicho de paso, se esconde mucho más de los que uno se podría imaginar.

Tan solo resumamos la información que hay en ellos: El ministerio ofreció a Dumbledore el cargo de ministro muchas veces y Dumbledore rechazó muchas veces el cargo de ministro.

Lo que despista es su comentario final, «como es lógico».

¿Qué tan lógico es?

¿Alguien, rechazaría un cargo así, si te lo están ofreciendo?

Para empezar, es absolutamente inverosímil.

Lo otro que despista, es el remate: «Me había demostrado a mí mismo que no sabía manejar el poder».

¿Qué tal si el mismo Dumbledore se engaña a sí mismo y no sabe bien lo que está diciendo?

Pero no nos desconcentremos: Ofrecido muchas veces y rechazado tantas otras.

No una, no dos, sino muchas veces.

Detengámonos ante esto que parece ser superfluo y retengamos lo que acabamos de ver sobre la vida de Dumbledore, como niño prodigio del ministerio.

Aquí, la autora no se detiene, sino que pasa volando sobre el punto, como un ave en pleno vuelo queriendo llegar velozmente a su destino, pero que a mi juicio pasa rozando el núcleo de la saga Potter. Y de esto modo, queda la impresión de ser un hecho resuelto e incuestionable.

Pero ante la mirada atenta, es más que curioso y sospechoso, no solo eso, sino que haya hecho muchas veces el ofrecimiento y rechazado tantas otras.

¿Qué pasa en la vida cuando a uno le ofrecen cosas, no una vez sino muchas y uno dice una y otra vez que no?

¿Qué pasa en la vida cuando uno ofrece cosas a otros no una vez sino muchas y recibe una y otra vez un no como respuesta?

Significa que algo está pasando, ¿o no? por lo menos, podemos afirmar eso.

Hay una suerte de obsesión, de una insistencia descomunal y de una férrea negación.

Y aquí, podemos nuevamente utilizar el método que aplicamos en las dos primeras divisiones, entre las amistades de los cuatro brujos fundadores, las cuatro casas y su separación, como vimos en el capítulo uno.

¿No hubiese sido mejor que tanto Dumbledore y el ministerio en algún momento, se hubiesen sentado a conversar honestamente? En torno a la pregunta, ¿por qué insistes tantas veces?, así como ¿por qué rechazas tantas otras?

Todo indica que esa conversación ideal nunca tuvo lugar. Y en lugar de eso, se da a entender, que operó un principio binario: “Ok, rechazas, pongo a otro ministro” (diálogo inventado por mí).

Se terminó su ciclo, vuelvo a preguntar: “Si rechazas, pongo a otro” (diálogo inventado por mí).

En fin. Sin diálogo, sin encuentro, sin búsqueda de un punto medio, de una alternativa, de un camino común: “Lo que te ofrezco es esto. Lo tomas o lo dejas. No me interesa lo que piensas, quieras, hayas pensado u observado. Me da igual. Lo tomas o lo dejas” (diálogo inventado por mí).

Y Dumbledore no lo tomaba.

Pero este juego del gato y el ratón se volvió perpetuo. Si nos fijamos, esa es la estructura básica de toda la saga de Potter. Pues la misma dinámica binaria está en las tres divisiones.

Binario significa que solo hay dos estados posibles: encendido y apagado, on y off, play y stop. Ofrecimiento y rechazo. Nada más entremedio.


Aquí, me tomaré la libertar de insertar un brevísimo comentario: que la tecnología digital basa en ese principio. Y es muy interesante constatar como la saga Potter es publicada entre los años 1997 y 2007, es decir entre los años donde justamente cuando la tecnología digital se populariza a nivel mundial.

Y es inmensamente interesante darnos cuenta que en el mundo mágico, prácticamente no hay tecnología. Pero sí magia. ¿Qué es sino la tecnología digital, sino magia? ¿Qué hubiese pensado un hombre, hace 100 años atrás ante las creaciones digitales? Esto no es sino la creación de un mago.

Bueno necesitaba decirlo, este punto me parece tremendamente sintomático.


Ok, sigamos. Estábamos entonces en lo binario. En la binaria relación de Dumbledore con el ministerio. Así como entre los cuatro amigos, dos pares binarios, entre Slytherin y los amigos, entre el mundo mágico y el no mágico.

Pero el ideal hubiese sido la conversación, el encuentro.

El encontrar un punto medio, una salida ante ambas posturas, pero esto requiere fantasía, creatividad.

Y de un principio binario se hubiese pasado a uno ternario.

Las primeras divisiones, tuvieron lugar hace siglos. Pero en vida, Dumbledore vivió en carne propia esta división, entre él y el ministerio, su mentor invisible. Lo que despista, como dije, es que el asunto solo fue sobrevolado, y permaneció en esa trinchera binaria, como si estuviésemos ante un hecho inamovible, intratable, intocable, como si fuera una ley natural.

Pero lo cierto, es que es posible no creerlo. Sí. ¿Por qué obedecer sumisamente lo que quiere la narradora? Y sin audazmente nos atrevemos a no creerlo, podemos encontrar ahí, el punto de apoyo, el motor inmóvil de todo el devenir de la saga.

Ahí, estaría el núcleo y centro, ocultado por Dumbledore, mediante su autoengaño, en complicidad con la narradora de la saga. Núcleo que explica todo lo demás, y posiciona no a Potter, sin a Dumbledore, como el verdadero líder de la saga.

Estamos entonces ante dos posibilidades: un autoengaño de Dumbledore a sí mismo o un engaño de Dumbledore a Potter. O sea, Dumbledore, sabía exactamente lo que hacía, o se engañaba a sí mismo.

Dejando de lado este debate. Los hechos, la forma de actuar de Dumbledore, demuestran que todo lo que ocurrió, fue consecuencia del desencuentro entre él y el ministerio. Del encuentro que no tuvo lugar, del principio trino que no vio la luz. Esa es la realidad.

De tal modo, que, en lugar de eso, en Dumbledore se sembró una suerte de revancha o de venganza si se quiere.

Lo que resultó en una medición de fuerzas entre el mentor y el niño prodigio, entre Dumbledore y el misterio, que vemos desde el día uno en la saga Potter.

Cuando comenzamos a leer la saga, este desencuentro ya tuvo lugar, y así es como podemos explicar la mala fama del ministerio y su decadencia. Dumbledore se encarga de eso.

Él ya a esas alturas, vive en carne propia esa tensión con el ministerio la cual seguirá aumentando hasta llegar a consecuencias horribles y mortales.

Entonces, hasta el momento, el nombre de la saga bien podría haber sido: “La revancha o venganza de Dumbledore”.

Tarde o temprano el ministerio comenzará a sospechar de Dumbledore, a desprestigiarlo sistemáticamente.

¡Pero cómo iba a ser de otra forma, si para el ministerio, como vimos, todo lo que atente contra su existencia se volverá su enemigo!

Esa es su lógica es binara: “o eres mi amigo o mi enemigo” (diálogo inventado por mí).

El ministerio es celoso, solo él debe tener la supremacía, no puede haber nadie que le haga sombra, que le rechace. O se está con él y en él o bajo de él, sometido.

Pero no soporta tener algo horizontalmente frente a él. Por eso, comenzaron a atacarle, a él y a Potter.

Con esta hipótesis se puede explicar razonablemente y con honestidad la saga.

Y aquí está la revancha enmascarada con palabras rimbombante y altisonantes pero engañosas y quizás auto engañosas de Dumbledore: “Bien, ya que me humillaste solo ofreciéndome cosas, pero nunca sentándote conmigo a conversar sobre lo que opino, sobre lo que traigo para ofrecer, más que mal fui hecho a tu imagen y semejanza, y fui siempre obediente a ti, incluso cuando estuve a punto de revelarme con Grindelwald, entré en razón, a tiempo, por ti, para ti. ¿Y así me lo pagas? Al no considerarme, te demostraré que tú estás en un error, y que este error lo pagarás con el horror y la destrucción, pues me utilizaste luego me abandonaste y finalmente me hiciste a un lado”. (diálogo inventado por mí).


Si aceptamos esta hipótesis, tan solo como un juego posible, velado por el mimo Dumbledore y la misma narradora de la saga.

Si la aceptamos, como una hipótesis, más poderosa, más auténtica y honesta, que todo lo que se nos muestra y explica en la saga.

Lo que tenemos en Dumbledore es a un reformador, a alguien que indirectamente y veladamente, pues fue uno de los alumnos más brillantes en el arte del mimetismo, el mejor en el arte del pulpo, cuya reforma es que el ministerio tenga otro tipo de liderazgo y no uno en que su líder esté sentado en un sillón en la parte más alta ministerio lejos de los magos.

Sino uno que basa su poder en la sabiduría, en la cercanía, en la capacidad de enseñar, de ser un ejemplo virtuoso, en fin…tal como era Dumbledore.

Estoy firmemente convencido que, si el deseo del ministerio era auténtico, la solución entre él y Dumbledore hubiese sido esa reforma. Pues si él hubiese podido realizarla, le hubiesen nombrado ministro, pero a su estilo.

Un liderazgo basado en su persona y no en el poder.

Curiosamente, ni Dumbledore logró formularlo así, ni al ministerio se le ocurrió hacerlo de ese modo. Por lo tanto, se volvieron antagonistas. Y aquí la cosa toma uno de los giros más excepcionales de la historia de la literatura.

Dumbledore siente que ahí las cosas no acabaron.


Entonces se propone realizar un experimento, muy cuestionable por lo demás: conseguir a dos niños, uno con corazón puro y otro con el corazón negro. A Potter y a Tom.

Toda la saga se trata de eso y lo que resulta del experimento, ya lo sabemos. Lo haya aceptado o no, para Dumbledore el que hayan puesto otro ministro en su lugar era una humillación, él se daba cuenta que querían un títere y no a él, por sí mismo, por lo que era verdaderamente.

Cuando uno se siente así, esto es una gran decepción.

Yo pienso que quizás no lo demostró, pero que no le fue indiferente. Y lo tomó como una traición. Como una división.

El ministerio por su parte debió haber pensado: “Todo lo di por él, me las jugué por él, y ¿es así como me responde? Dumbledore es un hijo ingrato, un mal agradecido. Ahora sabrá lo que es no contar conmigo, lo que es no contar con mi protección. Solo sé que se arrepentirá, y cuando lo haga preferirá no haber nacido, pues será demasiado tarde, será demasiado grade el sufrimiento. ¿Rechazar mi voluntad? Eso no está permitido. Te has vuelto loco. Eso no queda sin consecuencias.  No eres nada Dumbledore. No era es nada ni nadie sin mí” (diálogo inventado por mí).

Quizás en ese momento tuvo más que nunca presente a su mejor amigo de la juventud, Grindelwald, y porqué él quería cambiar el estatus quo. Porque sentía que la separación de ambos mundos, era a su vez el sometimiento ante el ministerio y el mundo muggle.

Así como es que echó a andar su experimento: Tomó él mismo a un niño de corazón puro y otro de corazón menos puro u otro negro, a Potter y a Tom, para generar un espectáculo ante la luz pública y así probarle algo al mundo mágico y al ministerio, que él, Albus Dumbledore, había sido pasado por alto y abandonado por el ministerio.

¿Y qué es ese algo?

Que él tenía razón, que eso no iba a quedar así, y que iba a mover cielo mar y tierra para demostrarle al ministerio que él está equivocado.

A través de sus actos, acusa al ministerio de privilegiar el estatus quo, de ser conservador, rígido. Y de no entender que él, Dumbledore, era el que traería su necesaria renovación, hacia una nueva forma de liderazgo.

Porque pensemos lo siguiente, ¿qué hubiese pasado si Dumbledore y el ministerio se hubiesen puesto de acuerdo, ¿hubiese llegado Voldemort? Y si hubiese aparecido, ¿no habría sido más fácil vencerlo, si el ministerio hubiese estado apoyando a Dumbledore? ¿No fue el ministerio casi un obstáculo igualmente grande que el mismo Voldemort, al punto que, llegado el momento, Voldemort tomó el poder sobre él?

Pero como eso no ocurrió, ordenó de tal modo todo para que uno de los dos niños, ejecute, se sacrifique y sacrifique su infancia para vengar la causa que él abrazó.

Y así, Dumbledore ya viejo, se deja morir, pero él queda como el máximo y último líder, y cree que de esa manera alcanzó algún tipo de ideal.

Y esta es la tragedia de toda la saga Potter y su verdadero nombre: la fracasada revancha de Dumbledore.

Pues la revancha de Dumbledore estaba centrada en él y en su antagonismo con el ministerio.

Es una revancha egocentrista. Él pasa a la gloria, pero deja sin tocar, las otras dos causas que sus dos antagonistas trataron de superar: las tres divisiones.

Por lo tanto, su esfuerzo y el de todos, fue en vano.

Pues en realidad nada cambió. Porque en realidad Dumbledore nunca fue nombrado ministro y el ministerio mantuvo su estructura.

Si nada cambia, ¿que garantiza que en 19 años más, cuando Potter como padre de familia lleva a sus hijos a Hogwarts, no volverían a aparecer fuerzas rebeldes?

El ministerio permaneció intocable. Él fue el verdadero vencedor, el resto, sus títeres. Incluso Dumbledore. Esa es la verdad.

El triunfo de un poder que tiene la potestad de dominarlo todo, sin ser visto.

Dumbledore solo reemplazó al ministerio, durante un tiempo, y el ministerio no le quedó otra que sacrificarse a sí mismo, para volver en gloria y majestad.

Pues el ministerio es eterno, no así los magos.

Tarde o temprano Dumbledore tenía que morir. Para luego renacer en gloria y majestad. Así que Dumbledore, para lograrlo usó el mejor truco de todos. Lo usó con él y con Potter: la inmolación.

Pues mediante un truco tal, uno pasa a ser el mejor mago de todos, el arte de desaparecer por completo, el arte de la invisibilidad total.


¿Hay truco más impactante y más vistoso que la desmaterialización?


Pero lo que Dumbledore no sabía es que el ministerio lo acababa de hacer, cuando permitió que Voldemort lo tomará.

Y plup, al final, como el ave fénix, el ministerio, renace de las cenizas. Y 19 años más tarde todo vuelve a ser como siempre, con Dumbledore ahora muerto. Todo pasa, el ministerio y sus divisiones son eternas.

Así las cosas, si queremos aún hilar más fino, podemos afirmar que el nombre verdadero definitivo de la saga es: La insuperable supremacía del ministerio.

Aquí hago el comentario en un video, podcast y podcast.


Notas

1.  J. K. Rowling, Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, trad. Gemma Rovira Ortega, Ediciones Salamandra, Barcelona 2008, p.601.

2. Idem, pp. 301-302.

3. Idem, p. 603.

4. Idem, p. 603.

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