Hola a todos, bienvenidos a este lectopodcast. Al que llamaré: Ver y no Ver.
En él nos acercaremos al maravilloso y enigmático mundo de la percepción, y para tal fin, creo que no hay nada mejor que adentrarnos en los apasionantes y conmovedores relatos sobre ciegos operados del fallecido profesor inglés de neurología clínica, Oliver Sacks.
De hecho, el título de este lectopodcast, lo tomé de un artículo publicado por él en 1995 dentro de su libro Un antropólogo en Marte.
Virgil vio por primera vez a sus cincuenta años.
A lo largo de su vida solo era capaz de diferenciar la luz de la oscuridad y la dirección de dónde provenía la luz y la sombra de la mano cuando se movía delante de sus ojos. Esto quiere decir que prácticamente era ciego de nacimiento.
Para los que se interesan por la biología, tenía un diagnóstico de cataratas y renitis pigmentosa, una enfermedad hereditaria que corroe las retinas.
Una vez que le operaron del ojo derecho, se lo vendaron durante veinticuatro horas.
Al día siguiente le quitaron la venda.
Oliver Sacks relata la escena:
Ningún grito («¡Veo!») salió de los labios de Virgil. Parecía mirar sin expresión y sin enfocar, perplejo al cirujano, que estaba ante él aún con las vendas en la mano. Sólo cuando el cirujano habló- para decir “¿y bien?”-, una expresión de reconocimiento cruzó la cara de Virgil.1
Esto es curioso, el ojo le fue operado, pero Virgil no vio lo que vemos. Es decir, lo que vemos no está ahí al frente, como si la diéramos play a un video.
Sigamos con Sacks:
Virgil me dijo posteriormente que en ese primer momento no tenía idea de lo que estaba viendo. Había luz, había movimiento, había color, todo mezclado, todo sin sentido, en una mancha. En ese momento, de la mancha brotó una voz, una voz que dijo: “¿y bien?”. Entonces, y sólo entonces comprendió finalmente que aquel caos de luz y sombras era una cara, de hecho, la cara del cirujano.2
La descripción es tan bella como un verso de una poesía o un fragmento de un cuento. Y esta es una de las grandes cualidades de este genial investigador, quien no solo se interesa por los hechos externos, sino que también por los que ocurren dentro de la mente de los personajes descritos. De tal modo que toma en consideración tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales.
También cuando leo este fragmento, siento que bien podría tratarse de la descripción de una pintura impresionista de Vincent Van Gogh.
En este sentido me gustaría citar aquí otro relato, que a mi modo de ver, apunta en la misma dirección, basado en documentos históricos pero retratado a partir de la fantasía, por el autor Jakob Wassermann sobre Gaspar Hauser, quien recién a sus dieciséis años pudo liberarse de su encierro y salir al mundo. Antes de su liberación, fue custodiado por un cuidador que se limitaba a darle alimento.
Es un misterio cómo fue a parar allí, cómo fue liberado y por qué le encerraron durante tanto tiempo en lugar de matarle.
Se dice que durante todo este tiempo no aprendió ni a caminar ni a hablar. Un caballo de palo era su único amigo.
Una vez libre, hizo aparición en Núremberg, Alemania.
Como nadie supo su procedencia, en un principio, las autoridades de la ciudad lo alojaron en la habitación de una torre.
Así describe Wasserman la escena, cuando ante los ojos de Gaspar Hauser, se abrieron por primera vez las ventanas de la alta torre desde donde se podía mirar hacia la ciudad y los campos aledaños:
[…]el muchacho quizá como nunca en su vida, levantó la mirada del suelo y la deslizó por el soleado exterior, donde se sucedían los rojos tejados dibujándose sobre el fondo de prados y bosques. Una mezcla de asombro y alegría contrajo sus labios, alargó titubeante la mano e intentó alcanzar el brillante cuadro, como si se pudiera alcanzar con los dedos aquel revoltijo de colores. Cuando se hubo convencido de que no era nada, sino algo lejano, engañoso, inalcanzable, ensombrecióse su rostro y volvió a su mal humor desilusionado.3
Esta también es una descripción fascinante. El muchacho, si bien a diferencia de Virgil, sí logra ver lo que tienen ante sus ojos, no ha desarrollado aún el sentido de perspectiva. Y cree que el aparente tamaño de los objetos corresponde a su tamaño real, haciendo ademán de cogerlos con sus manos.
Estas son vivencias que todos hicimos durante nuestra infancia, una y otra vez, hasta que fuimos construyendo el mundo circundante y nuestra porción de existencia dentro él.
A través de estos ejemplos, nos enteramos al menos de dos cosas:
La primera es que lo que tenemos delante de nuestros ojos, no es evidente.
Y la segunda es que no podemos saltarnos estas fundamentales lecciones, tarde o temprano tendremos que atravesarlas, sin importar si somos niños o hemos cumplido los cincuenta años.
Sigamos con el relato de Oliver:
El comportamiento de Virgil no era desde luego el de un hombre que ve, aunque tampoco el de un ciego. Era más bien el comportamiento de alguien mentalmente ciego, o agnóstico, capaz de ver, pero no de descifrar lo que está viendo. 4
La mujer de Virgil cuenta cómo vio a su marido después de la operación:
Intenta adaptarse al hecho de poder ver, es duro pasar de la ceguera a la visión. Tiene que pensar más de prisa, todavía no es capaz de confiar en la visión…Como un bebé tiene que aprender a ver, todo es nuevo, excitante, tiene miedo, está inseguro de lo que significa ver.5
Estas descripciones son muy valiosas. Detengámonos en ellas. Tenemos que «es duro pasar de la ceguera a la visión». Uno creería que es simple, abro los ojos y ya. Pero no, sino que es frustrante, sobre todo por el hecho de que probablemente él y su mujer pensaron que ver era algo más bien automático. Entonces si no te preparas mentalmente, el shock puede llegar a ser muy grande.
Y esto es alucinante, «tiene que pensar más de prisa».
Como cuando se viaja al extranjero, donde se habla un idioma muy distinto al propio, y uno no lo maneja fluidamente. Y los que han pasado por eso, saben lo duro que es tener que pensar para poder hablar, si la conjugación, si la palabra, si el artículo, que estamos utilizando son los correctos, etc.
Y así, podemos pensar en todo tipo de aprendizajes, como aprender a tocar un instrumento musical.
No es llegar y tocar una canción.
Esto lleva un montón de tiempo, hasta que comienza a volverse automático.
Lo mismo sucede cuando aprendimos a andar en bicicleta. Una vez logrado, no lo olvidamos jamás. Sí, perdemos la práctica, pero no volvemos a cero.
Entonces, con todas estas descripciones de Sacks, uno se queda con la impresión de que estamos ante una dinámica similar, pero en este caso en el ámbito de la visión, del desarrollo de la percepción visual.
Y esto es conmovedor, su mujer habla de confiar o sea que, si bien, a la hora de aprender el temor y la inseguridad están presentes, el tema es cómo hacerlo sin que se vuelva un trauma, y prefiramos lo peor: volver a la ceguera.
Bueno, este trauma, ya lo describió hace miles de años el filósofo griego Platón en su alegoría de la caverna, cuando un ser humano encadenado es liberado, y sus ojos acostumbrados a las sombras, ve por primera vez el fuego, la fuente de la luz.
Platón nos relata:
Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran? 6
El temor de Virgil es comprensible, es adulto y finalmente él es responsable por su propia vida. Es consciente de los peligros, y se atemoriza porque no logra reconocer mediante la vista las distancias, las dimensiones, los movimientos, en fin, todo es potencialmente una amenaza.
Quizás solo por esa falta de conciencia, pudimos aprender tantas cosas siendo niños, basados en la confianza que teníamos en los adultos y el mundo circundante.
No podemos dejar de citar en este punto a Hamlet, en su famoso monólogo:
Así la conciencia nos hace a todos cobardes, y […] el natural color de la resolución desmaya bajo el pálido toque del pensamiento, y las empresas de mayor importancia y aliento por esta consideración, tuercen su curso y pierden el nombre de acción. 7
Virgil, «está inseguro de lo que significa ver».
No puedo dejar de pensar que pasamos por todo esto cuando éramos niños, entrañables y mágicas criaturas, sin conservar prácticamente ningún recuerdo por la odisea que atravesamos.
Es aquí donde, mediante estas consideraciones, quien es de la opinión, que ser niño es tarea fácil, queda absolutamente ridículo.
La mujer de Virgil continúa:
A veces […] veía a Virgil examinando al gato detalladamente, mirándole la cabeza, las orejas, las patas, la cola, le tocaba suavemente cada parte mientras lo hacía. […] pero las ideas nuevas, los reconocimientos visuales, seguían esquivando su mente.8
Entonces constatamos que frente a nosotros tenemos en realidad luces, sombras, colores y movimientos.
Nada más, ni nada menos. Lo demás lo ganamos por exploración y diferenciación.
Luego nos enteramos que debemos aprender a retener lo logrado, que estos aprendizajes permanezcan en nosotros, aunque desaparezcan de nuestro foco de atención, de nuestro campo visual.
O sea, no solo se trata de aprender a ver, sino de conservar lo aprendido.
Estamos ante un verdadero laberinto.
Y esto, por lo que nos cuenta Sacks, también requiere un tremendo esfuerzo.
Ver, en estos términos, se trataría de un logro, que no está dado sin nuestra propia actividad.
Amy, su esposa continúa:
Virgil ha conseguido finalmente ensamblar las partes de un árbol, ahora sabe que el tronco y las hojas se aúnan para formar la unidad completa. 9
Amy describe esto maravillosamente, con un lenguaje muy simple, pero al mismo tiempo, a la altura de los mejores tratados sobre filosofía de la antigua Grecia.
Voluntaria o involuntariamente, hizo referencia a unos de los clásicos temas de la filosofía de todos los tiempos: el problema de las partes y del todo.
Lo que Amy nos enseña, mediante sus descripciones, es que para poder llegar al todo, a la totalidad, necesitamos haber recorrido escalones previos.
Y constatar esto es asombroso.
A modo de conclusión, en este viaje podemos identificar varios principios o escalones.
Primero el de las apariciones o percepciones puras, por así decirlo, que se nos presentan ante los ojos como un cuadro impresionista de luces y sombras, de colores y movimientos, más cercano a un caos que a una imagen clara con contornos cristalinos.
A continuación tenemos el principio de la necesidad de retener las impresiones a pesar de cambiar de foco o que estas desaparezcan del horizonte perceptual.
Y finalmente el principio de reunir las partes que fuimos capaces de conservar dentro de nosotros, en un todo.
Así, este cuadro impresionista poco a poco decanta milagrosamente en la maravillosa claridad que nos ofrece el mundo de la visión.
Por otra parte, si este proceso tiene lugar siendo ya adultos y responsables de nuestra propia existencia, requerirá un esfuerzo muchísimo mayor, debido a la angustia, frustración y sufrimiento, herencias de nuestra conciencia.
Es así como el sentido último de esta escalera de caracol, pareciera ser aquietar el agua del lago de las percepciones para que podamos ver en ella el quieto reflejo del paisaje circundante.
Por otro lado, el camino para Virgil, siendo un adulto, podría ilustrarse como desandar las artes vanguardistas, muchas veces oníricas e inquietantes, por no decir estremecedoras, las cuales serían proyecciones de la angustia y del temor de Virgil, hasta llegar al realismo. Permaneciendo calmo, confiando en él, para poder descifrarlo y así alcanzar la necesaria seguridad para la vida y certeza para actuar.
Sacks lo explica del siguiente modo:
[…] el aprender o reaprender todas estas trasformaciones le exigía cada día horas de consciente y sistemática exploración. Frutas, verduras, botellas, latas, la cubertería, flores, fruslerías que había sobre el mantel, dándole vueltas y vueltas, acercándoselas, a continuación, alejándoselas todo lo que le permitía el brazo[…].10
Incluso su perro, me dijo, parecía tan distinto de un momento a otro que se preguntaba si era el mismo perro. 11
[…] con imágenes fijas [de dos dimensiones], fotos de revistas, era incapaz de ver a la gente, de ver los objetos: no comprendía la idea de la representación.12
Y aquí se suma un nuevo principio o escalón a los anteriores.
¡Lo que Virgil conquistó en el plano tridimensional, no era aplicable al plano bidimensional!
¡Insólito!
Ante un cuadro, un dibujo, una fotografía ¡Se le volvía a escapar la realidad!
Y tenía que empezar desde el principio.
En este punto, se nos presentan verdaderas dificultades para ponernos en sus zapatos.
Intuyo que, para lograrlo, debemos iniciar otro viaje y adentrarnos en el misterio del arte. Pero esta no es la ocasión. Así que, por ahora, dejemos la respuesta volar con el viento, como cantó Dylan.13
Aquí hago el comentario en un video.
Notas
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